domingo, 17 de febrero de 2008

Lo que los marxistas pensamos sobre el Estado

Lo que los marxistas pensamos sobre el Estado: una polémica con stalinistas y anarquistas.


Dos concepciones erróneas del Estado

Es ya un lugar común entre la izquierda reformista (el PC, FSD y otros símiles) la afirmación de que "el Estado no está cumpliendo su rol", cuando se reclama por mejoras en educación o salud, e incluso por mejoras laborales. Siendo considerado el Estado el "guardián del bienestar común", al constatar las faltas de derechos en el acceso a estos servicios, y a condiciones laborales decentes, se reacciona con una mezcla de indignación moral y nostalgia. El Estado antes aseguraba salud, educación, vivienda y trabajo decente. Hoy, cuando está "raptado por intereses privados", no puede cumplir su rol peculiar. Se hace necesario recuperar el "rol del Estado", luchar porque vuelva a ser el "guardián" de nuestro bienestar, el garante de la igualdad. En contra de estos reformistas, surge otra tendencia -con mucho menos peso en la política nacional- que señala que el Estado debe ser abolido, pues representa al poder y a la opresión (anarquistas y símiles). Que cualquiera que se atenga a los marcos del Estado, o que luche por un Estado, no estará haciendo más que reproducir las relaciones de autoridad y opresión que día a día nos afectan. Tantos unos como otros tienen una concepción abstracta del Estado. ¿Por qué?
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El carácter clasista del Estado

Porque el Estado es, ante todo, un Estado de clase, un instrumento de la clase dominante para preservar su dominio político. En la actualidad un Estado puede ser o burgués u obrero. No es certero decir, como hacen los reformistas, que el Estado en sí mismo, tiene un rol esencial que cumplir, un rol que de por sí sería beneficioso, ni tampoco, como hacen los anarquistas, que el Estado en sí mismo debe ser abolido, por representar la opresión y el poder, algo así como "la maldad".
El Estado chileno, por poner un ejemplo, es un Estado burgués. El conjunto de las instituciones que lo componen, los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, el aparato militar, las cárceles y la burocracia, son en su totalidad una máquina cuya función social es asegurar el dominio político de los empresarios y la explotación sobre los trabajadores. Eso lo comprobamos día a día, con las leyes que se implementan permanentemente a favor de los empresarios, con la represión a los trabajadores que luchan. La dictadura pinochetista, de ningún modo "disminuyó el rol del Estado". Lo que hizo fue más bien utilizarlo consecuentemente de acuerdo a la función social de éste: la opresión por sobre la clase obrera y el pueblo; a través del asesinato y la persecución de miles de trabajadores, militantes de izquierda y dirigentes obreros y populares. En la definición de este carácter de clase, es secundario que la forma que adquiera el Estado sea democrática o dictatorial. El Estado democrático chileno, es tan burgués como el Estado de la dictadura de Pinochet. Podemos decir incluso que el Estado chileno de la "transición a la democracia" es el mismo Estado que el de la dictadura militar. La forma concreta que adquiere el Estado en un periodo de tiempo determinado, es el régimen, no el Estado mismo.
Coincidiendo en lo fundamental el estado de los 70s y 80s con el de los 90s: en ser un instrumento de dominio burgués, difieren sólo en el tipo de régimen. Considerar aquella diferencia es de todos modos clave para orientar la práctica militante de los revolucionarios: por ejemplo en la actualidad, con un régimen democrático, es posible hacer un trabajo legal y público a gran escala. Durante los 80s y 70s, después del golpe de Estado de Pinochet, el régimen de dictadura militar implicaba persecuciones y asesinatos para los militantes obreros y para los luchadores populares. En ese sentido, si bien es cierto que tanto en los 80s como en los 90s el Estado chileno ha sido burgués, eso no implica -como dicen algunas corrientes, entre las que ciertas variedades de anarquismo no faltan- que aun estemos en dictadura. Los marxistas revolucionarios, no dudaremos, en cuanto tengamos la ocasión, en utilizar las ventajas de la democracia burguesa para propagandizar las ideas de trotskismo proletario. Por ejemplo, no dudaremos, si tenemos la ocasión, en presentar una candidatura obrera para las elecciones.

¿Qué hacer frente al poder estatal?

¿Qué hacer entonces frente al Estado? ¿Cómo hacer que pase de ser un instrumento de dominio burgués a ser un instrumento de los trabajadores? Acá los reformistas y los anarquistas proponen dos salidas igualmente equivocadas. Los reformistas, que desean que el Estado "cumpla su rol". Plantean que la tarea consiste en desplazar a los políticos empresariales de sus cargos estatales, por medio de las elecciones democráticas. Es decir, que es necesario que en vez de haber una presidenta de la Concertación como lo es Bachelet, o unos parlamentarios de la Derecha y la Concertación, haya un presidente del PC (o de cualquier otro partido del juntos Podemos Más, como Tomás Hirsh del PH), y que los sillones del Congreso los ocupen parlamentarios de izquierda. La fórmula es: "hay que llenar de un nuevo contenido al Estado, que por estar hoy raptado, no puede cumplir su rol". No está demás decir que el PC en el último periodo ha sabido "flexibilizar" bastante esta fórmula: no tuvo ningún inconveniente en llamar a votar a Bachelet o en sentarse a negociar con Renovación Nacional la modificación del binominal. De todos modos, concedámosles que su actitud frente al Estado, en lo fundamental se encuentra orientada por la fórmula que acabamos de escribir. Pues el argumento que dan para semejantes claudicaciones es que de esa forma "obtienen espacios" que podrán más tarde ser utilizados para cambiarle el carácter al Estado, o más bien, para recuperar el papel Estado progresivamente.
Los anarquistas, por su parte, desean abolir el Estado en forma inmediata, apenas realizada la revolución. Este objetivo tiene el gran problema de debilitar a la revolución ante el revanchismo de la burguesía y el imperialismo: ¿quién y cómo defenderá a la joven revolución de los ataques imperialistas y burgueses? Este es el ejemplo más claro y gráfico de que el objetivo declarado en realidad resulta en algo no esperado: el debilitamiento del triunfo. Una variante de esto es que, mientras tanto, hoy mismo por ejemplo, sería posible, desde su punto de vista, establecer en forma cotidiana perdurable, relaciones carentes de autoridad, relaciones horizontales. Esto no da cuenta de la realidad inmediata, pero por sobre todo, permite que se abran ilusiones (no admitidas) de que se puede convivir en comunas liberadas junto al capitalismo- lo que haría innecesaria la lucha contra éste. A diferencia de reformistas y anarquistas los trotskistas revolucionarios planteamos una política realista.

Por un Estado Obrero

Los trotskistas luchamos por destruir el poder estatal de la burguesía, es decir, por destruir el conjunto de instituciones que componen el Estado: Los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, la policía, el ejército, las cárceles, etc. Pero pensamos que esa destrucción no es la "abolición del Estado", sino la construcción de un nuevo Estado, obrero, edificado sobre la abolición progresiva del viejo, el Estado burgués. Esto representa lo que los marxistas revolucionarios (los trotskystas) llamamos un momento de transición hacia la abolición del Estado, y la emancipación de la humanidad, libre de toda explotación y opresión, en una sociedad sin clases, tal como plantearon Marx, Engels, Lenin, Trotsky, y algunos otros. Se trata de un momento necesario hasta vencer la resistencia que el imperialismo y la burguesía ejercerán para la defensa de su propiedad privada, de sus privilegios. Este Estado obrero dará inicio a un régimen de democracia obrera, que no dudará en ejercer su derecho, que es un deber, a defenderse contra la reacción imperialista y burguesa, y sus agentes internos, que buscarán hacer retroceder este nuevo régimen social. Desde este punto de vista, es que debe entenderse que el Estado Obrero, como todo estado, como el Estado Burgués, tendrá el carácter de instrumento de opresión, tendrá sus instituciones, sus milicias, sus medios de coerción. Pero con la única gran diferencia, de que será un instrumento de opresión al servicio de los trabajadores y el pueblo, que será utilizado en contra de los patrones y sus agentes, tanto a nivel interno como externo, para la emancipación de la humanidad. Si sucedió lo contrario de estas tareas que los marxistas revolucionarios nos planteamos, se debe a que el estalinismo fue una contrarrevolución política, nacida de las dificultades del proceso revolucionario, de las derrotas de la revolución en otros países dejando aislada a la Rusia soviética, etc, y que liquidó a la mayoría de la generación que protagonizó la Revolución de octubre. En la medida en que avance la revolución mundial y vaya eliminándose a la burguesía en cada rincón del planeta, dando pie al surgimiento de una nueva sociedad en la que desaparezcan las relaciones de explotación, en la que los hombres libres produzcan de acuerdo a sus necesidades, sin que existan propietarios ni desposeídos, ni patrones ni obreros; tenderá a desaparecer. Pues si ya no existe una clase dominante, no es necesario el Estado. Ese Estado Obrero, para los trotskistas, debe basarse en la autoorganización de las masas trabajadoras. Esto es, en organismos de democracia directa. Marx advertía, tomando el ejemplo de la Comuna de Paris, que los trabajadores deben asegurar que sus intereses se expresen en el nuevo aparato estatal, a través de mecanismos de revocabilidad de cargos, no otorgando a los funcionarios del Estado obrero salarios superiores a los de un obrero calificado, etc. La experiencia de la Comuna que Marx transformó en programa y teoría, la tomó Lenin como norte de la lucha de su partido, el bolchevique, y al continuó Trotsky tras su muerte. Cuando un Estado Obrero no se basa en la autoorganización de masas, sino que en el dominio de una "casta", como fue el caso de la URSS bajo el régimen de Stalin, o como lo es hoy Cuba, es decir, cuando el Estado Obrero tiene un régimen burocrático, los marxistas lo definen como Estado Obrero deformado.
Al igual que el Estado burgués, el Estado obrero puede tener diversos regímenes, unos más democráticos que otros. Lo que distingue a los trotskistas es luchar por un régimen de democracia obrera, que asegure que los intereses de los trabajadores sean satisfechos. Lo que no implica para nada, como acusan infundadamente los herederos estalinistas, que los trotskistas no vamos a defender irrestrictamente a los Estados obreros deformados de los ataques de la burguesía y el imperialismo. Por ejemplo hoy defendemos a Cuba de los ataques imperialistas y burgueses, al mismo tiempo que planteamos la necesidad de la lucha contra la casta castrista luchando por un régimen basado en organismos de democracia directa de los trabajadores.En muchas revoluciones –con algunas excepciones difícilmente repetibles- han surgido gérmenes de un Estado obrero. Eso es lo que los marxistas históricamente han denominado doble poder. La significación de aquella categoría marxista, da cuenta de que simultáneamente al poder estatal burgués, las masas constituyen sus propios organismos de gobierno. Ha sido el caso de los soviets rusos en 1905 y 1917, de la COB en Bolivia durante 1952, y en cierto sentido de los Cordones Industriales de Chile en 1972, entre otros ejemplos. Un ejemplo actual, aunque con muchos límites por ser sólo en una ciudad, en la que, por lo demás, no se concentran las principales ramas de la economía mexicana, es la APPO (Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca), de México. Allí, luego de que los maestros fueran reprimidos por el gobernador priísta Ulises Ruiz Ortiz, constituyeron éstos, junto al pueblo oaxaqueño este organismo, desde el cual se controlaban los principales edificios gubernamentales de la ciudad (Edificio de la Gobernación, Secretaría de finanzas, entre otros), algunas radios (Radio Universidad, Radio Oro, etc), al mismo tiempo que se organizaba la defensa de la ciudad con los "topiles" (algo así como milicias controladas por los trabajadores y el pueblo) y las barricadas. En los hechos se planteaba el problema del poder: ¿Quién gobierna en Oaxaca? ¿O el Estado burgués, con su policía y sus instituciones, o los trabajadores docentes y el pueblo, con sus topiles, barricadas y radios, a través de la APPO? Los marxistas decimos, en base a la experiencia histórica de la lucha de clases, que cada vez que se plantea ese problema, es necesaria una resolución más o menos rápida, o a favor de la burguesía o a favor de los trabajadores. No es posible que dos poderes que expresan los intereses contrapuestos de clases enemigas, coexistan pacíficamente. Por ello, la tarea de destruir el Estado de los patrones, siempre recae en los organismos de poder de los trabajadores. Por mientras no esté planteada esta lucha como tarea del momento, los trotskistas, sin dejar de afirmar nuestros objetivos estratégicos, sabemos actuar en la realidad que se nos presente. Por ejemplo hoy, en un escenario de democracia burguesa en el que la clase trabajadora chilena comienza poco a poco a recomponer sus organizaciones y luchas. Mientras mantenemos en alto la necesidad de luchar por una República de Trabajadores basada en los organismos de democracia directa de la clase trabajadora, planteamos que es necesario articular las consignas democráticas que mantengan vigor y vigencia con un programa transicional, buscando hacer avanzar, en una experiencia común, al expericnai y conciencia actual del pueblo trabajador, que ve aún como lejano al socialismo, hasta la conquista de este objetivo. Entre estas consignas está la táctica de Asamblea Constituyente, con el fin de avanzar a poner en al discusión nacional la necesidad de una salida de conjunto ante los problemas del capitalismo y hacer una experiencia hasta el final con la mayoritaria confianza en la democracia burguesa, para comprobar en la experiencia misma sus límites y avanzar hacia el socialismo. En el mismo sentido, no desdeñamos intervenir en todos los escenarios políticos, aún los más desfavorables, como otra táctica posible: presentar una candidatura obrera para elecciones, si eso fuese útil para propagandizar nuestras ideas. Son estas algunas de las cuestiones que nos distinguen tanto de los reformistas, que quieren embellecer al Estado burgués, como de los anarquistas, que en realidad se desarman para enfrentar la reacción imperialista y burguesa. Y por sobre todo, son estas algunas de las cuestiones que planteamos para el objetivo estratégico de nuestra lucha por la emancipación de la humanidad, de la abolición de las clases y toda forma de explotación y de opresión.